París, domingo 15 de noviembre de 2025
Querido lector:
¡Qué ópera tan magnífica he presenciado esta noche! Dido y Eneas, de Henry Purcell, ¡magníficamente barroca! ¡Ah! ¡Aquella primera vez que presté oídos a la Música acuática de Händel! Desde entonces, nunca había vuelto a experimentar la misma sensación, el mismo sentimiento; solo en parte, al escucharla de nuevo muchos años después. Bueno, sí, su « Alla Hornpipe » —¡agua y luz brotando al unísono, impulsadas por una sangre tan refinada como segura de sí misma!— me había devuelto sin duda a aquel breve estado de embeleso del pasado, pero… las impresiones de la juventud siempre son tan intensas… Sea como fuere, esta noche, pues —como comenzaba diciendo en mi texto—, ¡con esta representación he recuperado más o menos el mismo arrebato! Cuando golpea el alma justo donde debe, ¡no puedes equivocarte! Así que, evidentemente, ante todo, ¡qué música! —un elogio demasiado breve—.
Pero eso no era todo, mi buen señor: una puesta en escena y un vestuario que combinaban el gusto de la época con nuestra contemporaneidad, con efectos estilísticos de sabor mágico-futurista —un arco que fundía el pasado en un futuro de ensueño—, un lenguaje decorativo que transmite una sensación de depuración, que destaca las líneas maestras en vez de todo el trabajo de maquillaje, drapeado y primores que las rodea —elementos que, precisamente, contribuyen en gran medida al efecto buscado; ahí radica toda la sutileza—. En mi descripción anterior pienso sobre todo en el vestuario, pero lo mismo sucedía, en realidad, con los decorados; por ejemplo, el efecto del oleaje se conseguía mediante telas que atravesaban el escenario, tensadas ortogonalmente a ras de suelo en tres niveles de profundidad, de un blanco que solo parecía muy ligeramente opaco, iluminado con intensidad por todos los tonos marinos necesarios, con los obligados y sutiles matices turquesa, por supuesto, y efectos centelleantes. Así, cuando la escena se abrió sobre Dido caminando, aturdida y descalza por aquella orilla feérica, creí estar allí, sobre aquella Tierra mítica y soñada.
Y luego Belinda —mi cantante y mi personaje preferidos, aparte de la hechicera—, encarnación de una mente viva y alerta, fiel a su señora, segura de aquello que fortalece la nobleza: luz, sano orgullo, amor y, como mero subproducto que le corresponde por su resplandor vital, gobierno. Y todo ello para sacar a su señora de las náuseas del sentimiento —¡que vaya si surtían efecto!—: ¡qué arenas movedizas aquellas en las que sumía el ánimo de su público! Yo me aferraba al ingenio de Belinda como podía, tenso y crispado, para no hundirme en ese pozo sin fondo de las naturalezas depresivas. Aunque cabe señalar que, en realidad, hay que saber dejarse caer y descomponerse sentimentalmente en el magma más informe que exista, para darnos cuenta de que no es mortal, aunque sí aterrador; esto no carece de relación con la renuncia y la muerte espiritual del budismo, ¡experiencias capitales!
A propósito, precisamente, de aquella primera y radiante aparición de Belinda: qué alegría, qué placer escuchar cantar al coro por primera vez, qué sentimiento de potencia, de vida ascendente —que sin duda no dejará indiferente a Dorian Astor, autor de « L’Essentiel », un texto de dos páginas del programa de mano, de una densidad formidable, que nos transporta al corazón de la génesis de la obra y mucho más allá, una contextualización histórica y artística que habrá deleitado a más de uno—. Pero era de ese coro de lo que quería hablar en un principio: ¡qué alegría, sobre todo, ver y escuchar cantar por primera vez sobre un escenario a mi excelente y muy simpática profesora de canto, y además en un aria como « Fear no danger to ensue, The Hero loves as well as you »!
El recuerdo de muchas otras arias magníficas, doradas, incandescentes o de un púrpura inquietante, se me escapa un poco en este momento, ¡pero déjame encontrarlas con nuestra tecnología contemporánea! Ah, no me privo de esa tecnología invasora, ¡pero la mantengo a raya con severidad! Y, pensándolo bien, sí, dos de esas arias vuelven a mi memoria: la de la crueldad de la hechicera y sus secuaces —¡qué impresión ver a mi profesora de canto atrapada en esa aria, qué violencia! Por otra parte, se percibía que, en lo que se refería a esta aria, su alma estaba algo desorientada, no le iba (¡por muy magníficamente que cantara y que cante!)—; y luego, la entusiasta aria de la tripulación de Eneas —tripulación por desgracia simbólicamente corrompida—, arquetipo del canto que acompaña al trabajo del pueblo, colectivo en cuanto surge la necesidad —un orgullo nunca fuera de lugar, por tanto—, seguro de su oficio, que no se arredra y, sobre todo, ¡alegre en el esfuerzo! Un pueblo idealizado, sin duda, pero un humo que, a mi juicio, procede de un fuego muy real. Todo el sentido de la nobleza propia de la humanidad de la izquierda política, una nobleza que Nietzsche, a diferencia de Marx, no había visto, no podía o no quería ver habida cuenta de la tarea que se había asignado.
Pero volvamos a esa maga infernal —o, mejor dicho, ¡abismal!—, ¡ja! ¡Haber recuperado así a Úrsula, de Ariel, la sirenita, horrenda hasta más no poder —¡sobre todo en este caso!—, con los ojos inyectados en sangre negra y lágrimas igual de negras corriéndole por las mejillas —permitiéndonos así adivinar cómo la negrura de su alma se infiltraba y acababa asentando su imperio en el conjunto de sus fluidos vitales— fue eficaz y todo un acierto! Sí, en la frase anterior mi imaginación se dejó llevar sin duda al pensar en el inmundo e innoble barón Harkonnen de Dune. Y la constelación de símbolos y guiños no termina ni mucho menos aquí. Dos sirenas blanquecinas, de vientre caído y maquillaje chorreante —parientes del espantoso barón, sin duda alguna—, flotando en toda su espectral verticalidad por el espacio vacío y, en realidad, más bien sumergidas en el fondo del mar, pues sí, sin duda es en las profundidades marinas donde transcurre este segundo acto.
¡Y luego su Cupido! Joven hijo —demasiado bueno— del payaso blanco, ¡y acróbata! Mitad ángel, mitad Pierrot lunar, ni noble ni plebeyo, la única alma inmaculada de la obra, nuestro Principito de las estrellas, a quien la dirección artística no tarda en corromper —nunca hay que olvidar sacudir un poco al público—: ¡será el espíritu maligno que se aparecerá ante Eneas bajo los rasgos de Mercurio! ¡Y qué logro, ese espíritu maligno! Un contraluz perfecto, creado por un intenso foco a su espalda, que sume todo su rostro y la parte anterior de su cuerpo en la penumbra más inquietante que imaginarse pueda: imagínate un ser con apariencia de hombre, o que posee al menos sus contornos luminosos y bien delimitados, una figura, pues, muy real, encarnada, al parecer, pero cuyos elementos corporales más característicos de lo humano y su alma —¡su rostro, su torso!— están sumidos en la oscuridad.
Oh, por supuesto, sin duda he sido un iconoclasta al no mencionar a la intérprete de Dido: « majestuosa », sin duda alguna, como dice el programa de mano, una suerte de perfección vocal —no carente de alma, quede claro, y esto es una lítote—, pero… qué quieres que te diga… ¡cada alma —en este caso, la mía— vibra en una frecuencia diferente! En cuanto a Eneas, un comentario más severo, pero relacionado con lo anterior: una técnica hermosa, una cálida redondez muy apreciable que le confiere un bello aplomo, pero demasiado control; ¡cómo enjaula su alma nuestro amigo! Una jaula apolínea, por supuesto —y un apolíneo algo sordo, atenuado, sofocado, además; sin duda la jaula tenía paredes parcialmente insonorizadas—: ¡roto, el célebre equilibrio de nuestro peligroso amigo bigotudo! Ay, ¿cómo he caído yo en este pozo oscuro y cruel de la crítica? —¡y siendo además un neófito, un no especialista, qué insolencia!—. Sin duda para expresar mejor, por contraste, la alegría y el placer; al menos, esa es la esperanza que se aloja en ello y que, espero, transmiten mis primeros párrafos.
¡Cáspita! Olvidaba a todos los esbirros hechizados, a toda la camarilla, la jauría de la cruel hechicera: cuadrúpedos negros y reptilianos, pero con la cabeza ovalada sin más contemplaciones y los ojos rojos, mitad reptiles-sapos, mitad hienas —como las de El rey león, sí, sí—, perfectamente repulsivos, retorciendo todos sus miembros hasta la dislocación, no sin cierta gracia, evidentemente —ahí reside toda la magia del arte—, o al menos no sin transmitir al público ese placer terrenal, animal en el sentido noble del término, de la movilidad y la flexibilidad corporales.
Por último, haría falta al menos otro texto entero para cantar las alabanzas de las arias de esta ópera, pero eso será en otra ocasión. Así pues, para terminar con una dedicatoria a mi profesora de canto: el aria del guerrero que teme la flecha de Cupido, esa sí, ¡le sentaba como un guante!
¡Hasta otra, amigo lector!
Tu servidor, Pablo