Existen al menos dos críticas del darwinismo social de Herbert Spencer. Por una parte, una crítica propiamente darwiniana. Por otra, una crítica nietzscheana.

Antes de continuar, deseo precisar que Spencer no habla únicamente de « selección del más apto »: era sociólogo y, para él, « más apto » significaba, pese a todo, más « útil socialmente ».

Asimismo, es absolutamente necesario recordar que el darwinismo social es una pseudociencia: es una teoría científica que no ha cosechado ningún éxito experimental.

Pero prosigamos. La crítica darwiniana es la que más me interesa en este momento, pues conozco demasiado bien la crítica nietzscheana de la utilidad, que consiste en afirmar que la finalidad del hombre noble no es ser útil al cuerpo social, sino sentir su potencia. Como subproducto —en absoluto buscado— de ello, el hombre noble puede, ciertamente, deleitarse e incluso « gozar », maravillado por la manera en que su expresión final de potencia —producto sano del aumento del sentimiento de potencia en él— arrastra consigo a los demás. Dicho esto, creo haber demostrado suficientemente, a través de algunos escritos capitales de mi corpus filosófico, que ese deleite y ese goce solo son sanos cuando se sitúan del lado de la alegría, o a lo sumo del deseo, es decir, de la producción por oposición al consumo. Conviene, por tanto, ser cautelosos con ese deleite y ese goce.

Para ser muy preciso, es en el párrafo 3 del Primer Tratado de La genealogía de la moral donde Nietzsche critica explícitamente el darwinismo social de Spencer, según el cual sobrevive el más apto —es decir, el más útil socialmente— y ello constituye el motor del progreso humano en sentido amplio.

Pero centrémonos ahora en la crítica darwiniana. Me parece que es, en esencia, una crítica cristiana y, por tanto, sumamente insuficiente. En particular, dudo que esta crítica esté sustentada científicamente en el corpus darwiniano. Remito al lector, y también a mí mismo, a la lectura de Patrick Tord sobre este asunto, especialista francés en Darwin, así como a un vídeo del psiquiatra y youtuber PaDu, quien cita acertadamente a Tord. He dicho que la crítica darwiniana, si es cierto que es esencialmente cristiana, resulta sumamente insuficiente por la siguiente razón: a mi juicio, la obra de Nietzsche ha mostrado con toda claridad que la izquierda política, para ser noble, es decir, buena, no puede fundarse en el cristianismo. La única izquierda noble que ha existido fue fundada por Marx. No obstante, quizá exista un argumento cuya conclusión sea que la rebelión, y con mayor razón la revolución, resultaba más peligrosa para los judíos bajo la ocupación romana que para los obreros de la época de Marx, de modo que la única izquierda que podía fundarse en Judea era una izquierda basada en la piedad. En efecto, la sociedad marxista es una sociedad que ya se había beneficiado de casi dos mil años del gran equilibrio occidental entre el Yin y el Yang, surgido de la dialéctica que se produjo entre Roma y Judea y que condujo a la cristianización del Imperio romano en el siglo III o IV d. C.

En cualquier caso, lo que busco es, por tanto, una crítica marxista del darwinismo social. No solo por la nobleza de los valores marxistas, sino también —y, de hecho, sobre todo— porque la obra de Marx estuvo marcada por un esfuerzo muy considerable de rigor científico, ¡a diferencia de la obra de Nietzsche! Dicho esto, Marx se ocupaba de economía, mientras que lo que a mí me interesa es una crítica antropológica. Busco una crítica antropológica del darwinismo social. Debo examinar más de cerca los trabajos de Graeber y Godelier. También recuerdo una conferencia de Lévi-Strauss en la que habla de que el ego existencial cartesiano era apto para fundamentar la física, pero no la biología.

En efecto, el darwinismo social —y, en cualquier caso, este mismo sintagma fue introducido para criticar, en el sentido popular, la obra de Spencer— conduce a la idea, típica de la derecha, de que todo aquello que no vaya en la dirección de lo que una teoría suficientemente argumentada designa como bueno debe ser objeto de nuestro desinterés. Eso supone subestimar la capacidad productiva del ser humano que vive en buenas condiciones afectivas, sociales y materiales. Sin embargo, es muy sencillo constatar hasta qué punto las energías productivas humanas se despliegan cuando se dan tales condiciones. Creo que la derecha, y con mayor razón el capitalismo, son sencillamente dinámicas que constituyen esencialmente el producto de la angustia ante la muerte. Y nada bueno puede hacerse desde semejante angustia: la obra de Heidegger no constituye, evidentemente, una excepción. La angustia ante la muerte es característica de un organismo enfermo, de una conciencia que se desolidariza de la vitalidad del ser y obra en su contra. La angustia ante la muerte puede ser un acicate para el ser, pero hay que apartarla de la conciencia de manera sumamente radical; de lo contrario, el ser humano vivirá en un trauma perpetuo de la conciencia, y su gran inteligencia de un día —la del despertar de la conciencia— le habrá resultado profundamente perjudicial. El deseo generalizado hacia lo vivo debe aniquilar toda angustia ante la muerte.

Dicho esto, aquí me alejo de la ciencia. La cuestión consiste en saber, por una parte, si existen mecanismos naturales de ayuda mutua —aunque yo preferiría hablar de don generalizado—, producidos por el deseo y que conduzcan a un círculo virtuoso de productividad, que actúen entre los animales sociales y que permitan criticar el carácter excesivamente restringido del ámbito de aplicación de la selección natural, en particular su carácter puramente individual, mientras que los seres humanos son animales sociales. Pablo Servigne ha publicado un libro que podría resultar interesante a este respecto.

Aunque de esta obra no se desprendiera ninguna prueba suficientemente concluyente en lo que respecta al género humano, quizá existan pruebas cuando salimos del ámbito de la naturaleza y entramos en el de la cultura humana. La cultura, por oposición a la mera base natural de la humanidad, tal vez desarrolle mecanismos de supervivencia, producción y creación que superen estrictamente los de la selección natural y hagan que esta sea fundamentalmente irrelevante para estudiar la supervivencia y el crecimiento del ser humano.

Por último, quisiera volver, pese a todo, a Nietzsche: el hecho de que el ser humano sea una especie en la que los individuos tienen la posibilidad de adquirir mucha más conciencia acerca de lo que conviene a sus vidas —y se trata aquí, in fine, de una conciencia fisiológica y psicológica, sin siquiera hablar de filosofía, pues deseo permanecer en el ámbito de la ciencia— podría volver insignificante el mecanismo de la selección natural a escala humana.