Reacciono a la intervención de la psicóloga Stéphanie Bertholon-Allagnat sobre la ansiedad política, emitida unas horas antes ese mismo día en France Info, así como al artículo de Le Monde relacionado con este tema, https://www.lemonde.fr/idees/article/2025/05/28/la-politico-anxiete-ou-quand-la-politique-nuit-a-la-sante_6608927_3232.html.
La Sra. Bertholon-Allagnat sostiene (en su intervención radiofónica) que hoy hemos pasado del uso del miedo como instrumento de poder, en Maquiavelo, al de la angustia. Esta reflexión, muy interesante, se hace eco de mis reflexiones personales acerca de la complejización de las formas de violencia ejercidas por las clases más altas sobre las clases más bajas, es decir, esencialmente, por el poder político y económico sobre el pueblo. Bourdieu ya hizo su aportación al respecto con la noción, muy pertinente, de violencia simbólica, corolario del desprecio de las clases altas hacia las bajas.
Que la angustia sea más compleja que el miedo es evidente: el miedo siempre tiene una causa mucho más identificable que la angustia, cuya causa queda totalmente diluida entre diferentes fenómenos y diferentes personas, con la capacidad de identificar a un responsable de esa angustia, cuando resulta pertinente —¡y a veces lo resulta!—, como principal dificultad.
En efecto, situar la causa de la angustia en la conciencia de la muerte, como se hace desde Heidegger, con Kierkegaard (vértigo de la libertad) y Freud (angustia de castración, conflicto psíquico) como precursores de la angustia que yo llamo individual, no es un sinsentido; pero, si debemos posicionarnos políticamente, se trata de pensamientos esencialmente de derechas, con el defecto habitual de cerrar deliberadamente los ojos ante las causas sociales y políticas de la angustia, como si fueran algo inesencial, demasiado poco vinculado a la comprensión profunda y salutífera de la propia y querida personita.
Conviene reflexionar sobre la instrumentalización de la angustia como herramienta política para ejercer el poder, como, posiblemente, una forma complejizada de violencia psicológica, posible causa de postración.
En un marco más general que el del párrafo anterior, mi sugerencia del párrafo que lo precede no es sino un caso particular del problema que plantea el intento filosófico de identificar el origen ontológico de la violencia en el ser humano, que, una vez más, silencia las causas sociales y políticas de la violencia en cuanto, muy a menudo, violencia organizada* por el poder contra el pueblo (mucho más intensa en épocas más remotas, pero aún presente hoy bajo formas complejizadas, de nuevo). Raphaël Ehrsam, profesor titular de la Universidad de la Sorbona, recuerda esta idea en su curso Pensamientos contemporáneos sobre la violencia (curso académico 2024-2025, segundo semestre).
Un primer ministro que dimite menos de veinticuatro horas después de su nombramiento y que luego vuelve a ser nombrado menos de una semana después de dimitir, y todo ello tras dos gobiernos que duraron menos de un año cada uno: el pueblo no quiere, a modo de políticos, gestores de una multitud de restricciones —esa es otra labor—, en particular procedentes de la presidencia, sino un primer ministro que represente sus deseos, que una sus propios deseos a los del pueblo, única legitimidad de un poder sano, promotor de una acción regida por el alma.
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*Es el carácter organizado de la violencia, en particular cuando la ejerce alguien más fuerte contra alguien más débil, lo que constituye una « monstruosidad per defectum » —Nietzsche, El nacimiento de la tragedia—, por falta aquí, no precisamente de instintos, sino de la capacidad de una sociedad para permitir la descarga sana, igualitaria y regulada de las pulsiones agresivas de sus individuos, a fin de que dicha sociedad pueda mantenerse dentro del tejido empático propio de todo grupo social sano y fecundo. La exigencia sin cuidado es el mayor monstruo antropológico que existe. No seremos alegres porque seamos potentes, sino que seremos potentes porque somos alegres.