Nunca hay que negar los sentimientos. Este precepto constituye la base de la lucha contra el narcisismo, que niega el yo verdadero en beneficio del yo egoico. Esto es lo que nos enseña Lowen. Antes de continuar, recordemos que el yo verdadero es el yo que siente, lo quiera o no, porque el ser humano es, en parte, un ser de sensibilidad, de percepción y de interocepción. Prosigamos ahora. Se trata, por tanto, de no negar la realidad de nuestra fisiología y nuestra cognición, que son, juntas, la sede de nuestros sentimientos. Pero ¿por qué? En particular, ¿por qué no negar los sentimientos dolorosos? Pues bien, como siempre, porque negar la realidad equivale a menudo a correr el riesgo de morir. En el caso que nos ocupa, si sentimos a pesar de nosotros mismos, es porque la realidad tiene un mensaje que transmitirnos, y es peligroso ignorarlo.
Bien, pero esto sigue siendo insuficiente; de hecho, mucho más que insuficiente: profundamente insuficiente. Nietzsche mostró que limitarse a identificar y comprender lo real, aun cuando ese real fuera el de los sentimientos de nuestro ser, conduce a la muerte-en-vida, e incluso a la muerte por suicidio. Mientras permanezcamos en la ciencia, aunque se trate de una ciencia nueva, existe un peligro. Para conservar el gusto por la vida, debemos crear una realidad que sea nuestra. Aquí se tratará, pues, de crear sentimientos. Sin embargo, esto no será artificial en lo más mínimo, como se verá; al contrario, estará arraigado en la sabiduría vital que creo haber adquirido poco a poco a lo largo de los años, de modo que esta creación seguirá, en realidad, una suerte de ley de necesidad de lo vivo —con la salvedad de que el término « ley » se adapta mal a lo vivo, que es una realidad de transformación de leyes—.
Conviene hacer aquí un breve inciso acerca de la matriz de gestación del hombre, pues no basta con exhortar a la creación: también hay que explicar cómo crear algo que sirva a la vida, para pasar del genio a la filosofía, con cualquier fin útil —en particular, el de conservar el gusto por la vida—. El hombre, a diferencia de la mujer, no tiene la oportunidad de experimentar la gestación biológica, de alimentar en su seno a otro ser humano y después darle vida, de modo que aún menos puede conformarse con no trabajar ni crear, pues solo así puede conocer aquello que más se acerca a la gestación biológica femenina, y solo así puede conservar el gusto por la vida: alimentando la vida en su interior y trayéndola al mundo, metafóricamente podría decirse —en cualquier caso, lo que traerá al mundo no será otro ser humano, eso es seguro—. Sentir en el vientre y en el pecho —en realidad, en lo que llamo la organima— la vida que se desarrolla dentro de uno mismo, y traerla al mundo: esta es la única experiencia que permite al hombre conservar el gusto por la vida. En particular, este proceso es evidentemente lo contrario del consumo, puesto que se trata de producir, y además de producir el valor más elevado posible —y, por tanto, el único que debería tener derecho a existir—, a saber, la vida misma. En efecto, hemos dicho que esta creación debía servir a la vida, y la única manera de servir a la vida es encarnarla tanto como sea posible y hacerla irradiar.
Ahora bien, ¿cómo comprender y resolver la tensión entre los dos primeros párrafos? De la siguiente manera. Si bien es cierto que no hay que negar los sentimientos del ser, la comprensión de aquello que promueve la vida nos permite fomentar algunos y desalentar otros. Nunca debemos negarlos, pero de ahí a alentarlos a todos indiscriminadamente para que tomen posesión de nosotros hay un paso que no debemos dar.
Para nosotros, el único sentimiento de potencia sano es el que proviene de la alegría del ser, y el tranvía que lleva de este segundo estado al primero se llama deseo. Adviértase aquí el siguiente hecho capital: el sentimiento de potencia es un tipo de sentimiento que no es, él mismo, un sentimiento de nuestro ser, sino un sentimiento del crecimiento de este último, lo cual es muy distinto. Pero volvamos al sentimiento de potencia que proviene de la alegría y precisemos lo que queremos decir. Es el único sentimiento de potencia al que nuestra conciencia debe conceder el derecho de elevarse en nosotros hasta grados máximos; es decir, es el único sentimiento de potencia mediante el cual nuestra conciencia nos autoriza a dejarnos poseer. Todos los demás nos enferman.
Dicho esto, ¿qué hacer ahora con todos los demás sentimientos del ser, puesto que hemos dicho que no debemos negarlos —aunque impidamos que alimenten un sentimiento de potencia al menos desmesurado, si no cualquier sentimiento de potencia—? Solo hay una cosa que hacer con estos sentimientos: aprender de ellos y, primero gracias a ese aprendizaje y después por medio de él, transmutarlos en alegría; pero sin precipitarnos, por supuesto, pues correríamos el riesgo de haberlos negado en realidad.
Entendámonos bien: cuando digo « aprender de ellos », pido aquí una mayor seriedad. Para aprender de ellos, primero hay que aceptar sentirlos intensa y profundamente. Una vez más, esto no significa que vayamos a permitirles alimentar sentimiento de potencia alguno. Pero sí debemos dejar que nos penetren, con intensidad y profundidad. Debemos sentirlos de este modo, pero únicamente en cuanto sentimientos del ser: eso es todo lo que son originalmente.
Si, no obstante, llegamos a tener que permitir que uno de estos sentimientos del ser alimente en cierta medida —y solo en cierta medida— un sentimiento de potencia asociado, será únicamente para paliar las deficiencias de la simple magnificación, en intensidad y profundidad, de lo que estos sentimientos son en nuestro ser, y ello, como siempre, con vistas a transmutarlos mejor en alegría.
Tomemos el ejemplo del dolor del « desamor » —aunque en realidad quisiera hablar aquí más bien del deseo impedido*— y de la rabia latente que todo organismo suficientemente sano lleva asociada a él. Si sentimos que esta rabia empieza a asomar en nuestro interior, debemos magnificar su vivencia, acercarnos a ella, dejarla hacer su trabajo en nosotros y comprenderla; pero nunca debe alimentar sentimiento de potencia alguno. Podemos actuar en función de este sentir de manera categórica —al menos localmente— y eficaz, pero nada más. Después, poco a poco, transmutaremos este sentir en alegría mediante la comprensión de lo que nos conviene y, me atrevo a decir, de aquello que estamos cada vez más convencidos de que sirve a la vida —frente a lo que, a nuestro juicio, la perjudica—.
Mientras no dejemos que esta rabia alimente un sentimiento de potencia en nuestras acciones, y mientras nuestras acciones relacionadas con ella sigan subordinadas a la preocupación por preservar lo vivo —a falta de poder alimentar a este ser vivo, a falta de poder hacerle don de nuestra persona y hacerlo crecer, puesto que no nos ha permitido expresarle nuestro deseo de manera total—, nuestra acción será buena.
Sin duda todavía tengo que perfeccionar mis reacciones y mis acciones a este respecto, pero, en cualquier caso, progreso con toda seguridad.
Pablo
*El deseo impedido no engendra frustración. La frustración procede de no tener la posibilidad de colmar una carencia; en suma, de consumir. El deseo impedido no está frustrado, pues no hay nada que quisiera tomar y que no haya obtenido. Sencillamente le duele seguir preñado del don que tenía que hacer, como a una mujer embarazada podría dolerle no conseguir dar a luz. Es el dolor de un exceso, no el dolor de una carencia. Es el dolor de quien busca dar y no encuentra a nadie a quien entregar lo que tiene para dar. Tal deseo impedido, en particular, no se retorcerá hasta convertirse en rabia alguna, y menos aún en frustración —en cuanto al sentimiento de frustración, hemos visto que sencillamente no tiene razón de ser—. Seguirá buscando, cada vez más y sin cesar, los lugares y las personas donde, y a quienes, pueda dar lo que tiene para dar.
PD: Como se habrá podido observar, los diversos desarrollos que he llevado a cabo en torno a la matriz principal de esta educación sentimental se refieren sobre todo al hombre, por oposición a la mujer. Sin embargo, esta matriz principal también es propia de la mujer; sencillamente, en ella las dinámicas privilegiadas dentro de esta matriz son inversas.