Me gustaría encontrar un pasaje muy concreto de la obra de Nietzsche en el que este explica, pero con esplendor, de qué manera el espíritu libre —el hombre moderno de su época, ateo y demócrata, por supuesto— intenta en realidad, al rechazar pero sobre todo al despreciar a la Iglesia, hacer renacer en sí mismo y entre sus pares el ideal y el modo de valoración aristocráticos. En el fondo, sin embargo, este idiota compra sus valores nihilistas, puesto que el ateo « no cree (en Dios) ». Poco importa aquí que el objeto de negación sea Dios: el hecho de que este espíritu libre no sienta un profundo dolor, y por tanto un profundo asco seguido de una profunda aversión, cuando afirma sin inmutarse que « no cree », es ya para mí el signo de su declive vital, de su fusión irremediable con la nada. La manera en que esta lo engulle sin que rechiste, sin que su ser vital quede preso del horror, constituye el peor de los declives vitales contemporáneos.

El pasaje que busco no es el párrafo 9 del Primer Tratado de La genealogía de la moral; al menos, mi memoria me indica que existe otro pasaje que expresa la misma idea con mucho mayor esplendor. Dicho esto, me he cansado de buscarlo, así que voy a recrearlo a mi manera.

Antes de continuar, quisiera recordar —y aquí se trata de una tesis personal— que el problema fundamental de este hipócrita espíritu libre consiste en que, en realidad, nunca ha sido de izquierdas. No ha hecho sino intentar constantemente, de manera inconsciente, hacer renacer ese ideal y ese modo de valoración aristocráticos, al tiempo que carecía de la fuerza necesaria para desvincularse de la marcha atea y democrática de su época. En efecto, no se trata siquiera tanto de que el desprecio sea el enemigo absoluto de la izquierda, como suelo decir —poco importan los enemigos en esta fase de gestación de la izquierda en sí—, sino de que el desprecio inspira asco a todo hombre que sea profundamente de izquierdas. Por otra parte, el hombre de izquierdas no siente desprecio por nadie; en cambio, a menudo siente asco hacia los demás, en particular hacia quienes no elevan al otro tanto como se elevan a sí mismos. Para el hombre de izquierdas, esta es la mayor señal de debilidad vital: el hombre de derechas no dispone de los recursos vitales ni de la capacidad productiva necesarios para ocuparse de la elevación y el crecimiento de cada persona con la que se cruza. Solo dispone de recursos vitales para ocuparse de sí mismo, de su propio crecimiento y del de su círculo muy restringido. Lucchini —quien tiene mucha suerte de que lo cite aquí, aunque sea para criticarlo, tanto en el sentido académico como en el popular— nos dice que para ser de izquierdas hace falta una altura de espíritu que él no posee. Pero no, mi querido Fabrice: lo que te jode, aunque no seas consciente de ello, es que para ser de izquierdas no hace falta una mayor altura de espíritu; sencillamente hay que poseer unos recursos vitales y unas fuerzas productivas de los que tú careces. Date cuenta de una vez por todas; enfréntate a la dura realidad. El primer recurso vital necesario, y el que te falta, es aquel que hace que el dolor de la alteridad en presencia de otra persona sea aniquilado por la alegría, el placer y el honor de hallarse ante otro ser humano dotado de una potencia productiva propia y absolutamente singular, así como por el deseo hacia ese otro que surge, como consecuencia, en todo ser rebosante de vida.

Pero volvamos al pasaje que debo recrear:

« Escucha a ese ensotanado enjuto que, en cada misa, parece exhalar su último aliento vital », dijo el demócrata a su amigo al ver pasar a Monseñor Ledigne, sin darse cuenta de que su exigencia de ciencia y verdad no era aquí más que un pretexto para despreciar el declive de las fuerzas corporales que percibía en este último; sin darse cuenta de que intentaba recrear una jerarquía vital entre seres humanos idéntica a aquella contra la que, sin embargo, tanto había luchado. Tal era el bajo nivel de conciencia de aquel hombre. Como en realidad necesitaba formar cuerpo con sus amiguitos de la lucha democrática, porque su existencia por sí sola no era capaz de procurarle disfrute alguno, demasiado poco vivo como estaba, aquel hombre se había aferrado a sus camaradas espíritus libres y demócratas para quedar libre de toda sospecha en su recreación inconsciente de ideales y modos de valoración aristocráticos. La proporción de estos parásitos democráticos entre el conjunto de los demócratas es sin duda enorme, mi querido Pierrot. Nunca han comprendido, y probablemente nunca comprenderán, que el dolor primordial del hombre de izquierdas reside en experimentar el desprecio —venga de donde venga y se dirija adonde se dirija—, pues en ese instante sabe que sus fuerzas están menguando: sus fuerzas para elevar al otro, desearlo y darle. Por último, este demócrata no solo escupía sobre la fragilidad corporal de Monseñor Ledigne, sino también sobre el escaso desarrollo de la parte puramente racional de su neocórtex, que es, evidentemente, la mejor aliada de aquel cuyo cuerpo es fuerte y poderoso. Al escupir sobre el oscurantismo, por tanto, no hacía más que escupir sobre la debilidad corporal. Así es, mi querido Pierrot: la parte racional del neocórtex es la aliada del instinto, mientras que la parte espiritual del neocórtex, junto con la conciencia, son las mejores aliadas del thymós, el pecho, el corazón y los pulmones, los latidos y el aliento. El problema de los malos sacerdotes —demasiado numerosos— es que, en ellos, estas aliadas ya casi no tienen a nadie con quien aliarse: ahí reside su hipocresía.

Bueno, al final el pasaje posee una calidad literaria un tanto anodina, dirán algunos, pero sin duda debo asumir la evolución natural de mi prosa y, in fine, a mí me gusta este pasaje; eso es lo único que importa.