Era elegante y poseía una tiranía animal: velaba instintivamente, sin ninguna planificación y sin, por supuesto, poner palabras a ello, por una jerarquía adecuada en cierto radio a su alrededor, en la que la mayor parte del tiempo estaba arriba pero habría podido borrarse si era necesario, en presencia de alguien más fuerte. Satisfacía su necesidad de dominación aquí y allá, siempre como diletante, sin ninguna visión de conjunto. Su instinto de dominación se quedaba siempre pronto sin aliento y no daba lugar a nada más que a salidas con un pobre hilo conductor, se perdía en la distracción. Más cerca de la indolencia que de la magnificencia, que sin embargo a veces rozaba con los dedos pero siempre con demasiada tosquedad, estaba seguro del pavor sordo que inspiraba su reputación, la memoria colectiva de sus furias sin artificio, letales con poco que bastara, precisas, de profesional, que revelaban al golpeador alfa. Sospecho que tenía la mente demasiado limitada para ser más que esa apariencia de control que daba. Se satisfacía con ese miedo que destilaba, casi sin cálculo, en los demás, sin tener la maldad, la sed suficiente para que fuéramos verdaderamente los sujetos de su dominio. También era ese su más alto grado de bondad. Pronto nos dejaba jugar tras algún recordatorio del orden, distraído por un acontecimiento cualquiera. Me complace imaginar su alter ego superior, mejor y más malvado a la vez, desde luego. Su mediocridad podría, a posteriori, dejarme un sabor de demasiado poco, pero eso constituye el encanto del personaje: era ligero; la ligereza de la estupidez, sin duda, siempre desarmante, que un observador agudo agota pronto. Aventurarme yo, buen alumno, en el terreno de juego que los malos alumnos querían suyo, el de la despreocupación, la impertinencia y la agitación, hacía que fuera el blanco de algunos de sus breves asaltos: debía permanecer en mi lugar. Su elegancia, deliberadamente puesta de relieve al comienzo de este texto, iba de la mano con su belleza; era una suerte de Greco brasileño, de labios finos, rasgos sutiles, gestos suaves, precisos y felinos, capaz de desplegar su fuerza en el espacio de un instante. Esa mezcla me desconcertaba, sin duda me fascinaba, pero, ante todo, me aterrorizaba, hoy puedo nombrar esas impresiones. Lo odiaba por el miedo que me inspiraba, la precisión y la economía de su acoso, y no podía dejar de sentirme sobrecogido por su elegancia, la realeza de su porte, aunque mi orgullo todavía hoy se resista a decir esto. Me viene una sonrisa ante la idea de su cerebro amurallado, al fin y al cabo poco capaz de urdir, sus neuronas chocando contra las paredes y evidentemente inconscientes de su prisión.

Epílogo (abril de 2026)

El texto anterior es producto de una experiencia vivida que abarca de 2001 a 2005.

Una antigua amiga, que valoraba la verdad —no más que yo, aunque sí de manera diferente—, me hizo la siguiente crítica, que reformulo: « Tu texto es demasiado impreciso, su propósito no está claro: ¿lo odiabas o lo admirabas? ». Hoy puedo responderle: lo odiaba, por supuesto —aunque me negaba inconscientemente a dejar que naciera el odio en mí—, pero no podía negar que esa aleación entre el ejercicio de la dominación y la flexibilidad conductual no dejaba de asegurarle al personaje un sentimiento de potencia mínimamente fecundo, al tiempo que disminuía el mío. Ahora bien, tengo tendencia a admirar todo modo de vida capaz de aumentar el, o al menos « un », sentimiento de potencia. Inconscientemente, en la época de aquella experiencia, buscaba desde luego un sentimiento de potencia superior al que podía sentir dicho personaje, pero hay que admitir que solo hoy, a los treinta y cinco años, es decir, más de veinte años después, logro poner palabras a ese sentimiento de potencia que buscaba en lo más hondo de mi ser: es el sentimiento de potencia cuya raíz primera es la alegría, el más difícil de todos de hacer nacer. El reconocimiento, incluso la vivencia, de tal sentimiento de potencia solo son posibles cuando esa alegría es profunda y consciente. Pero lo que debemos tener presente es que, en realidad, esa profundidad y esa conciencia no son sino subproductos de la alegría primitiva, a saber, la de vivir en una relación total —emocional, sensorial y espiritual— y lo más cruda posible con nuestros semejantes, los seres humanos. No todos los sentimientos de potencia tienen el mismo valor, y yo busco el más fecundo.

Otra antigua amiga, que a mi juicio no había encontrado ese sentimiento de potencia del que hablo —o que, en cualquier caso, no lo irradiaba—, sí había apreciado el texto, en cuanto despliegue, según ella, de la superioridad del autor sobre el protagonista. Pero lo que ni ella ni yo habíamos visto era que, para mí e inconscientemente, la única legitimidad de ese intento de desplegar una superioridad —intento que, dicho sea de paso, solo se produjo muchos años después de la experiencia— residía en esa búsqueda del sentimiento de potencia nacido de la alegría. Esa búsqueda, inconsciente tanto en la época de la experiencia como durante la escritura del texto, guía hoy mis pasos, y solo en su nombre me concedo la licencia de hacer público este texto.

Por último, quisiera « recordar » aquí que el sentimiento de potencia no es más que uno de los dos términos de la dualidad fundamental de la vida humana; el otro es el sentimiento de ser. La vida humana debe entenderse como una dinámica entre esos dos sentimientos. Buscar el propósito de la vida no es ni más ni menos que buscar esa dinámica; es esta dinámica la que da cuenta del propósito de la vida, no hay nada fuera de ella. Al menos, así entiendo actualmente la cuestión. Esta dinámica hace intervenir, por supuesto, otros sentimientos, en particular la alegría, el deseo y el amor, por citar únicamente los positivos.

La emergencia de la vida es un fenómeno probabilístico que se produce muy ocasionalmente, tras innumerables procesos, a partir de formas primitivas de energía (fluctuaciones del vacío y, más tarde, todas las formas de energía más conocidas). La aparición de este fenómeno no es otra cosa que la puesta en marcha de la dinámica de la que hablo más arriba. Esta dinámica es propia de la vida y no conoce equivalente alguno. Una vez iniciada, su finalidad es perseverar, crecer, complejizarse e intensificarse, y se vuelve muy autorreferencial, aunque mantiene una relación vital con su entorno. Antes de emerger, la vida carece de propósito, puesto que no existe. Una vez emergida, su propósito es esa dinámica que intento comprender y describir. No tiene ningún otro fin, nada más que « decir ». Pero lo que tiene que decir, ese propósito del que hablo, esa dinámica, lo es « todo », es inmenso, es la mayor riqueza del universo. Es el tema más digno de interés que pueda existir. Esa perseverancia, ese crecimiento, esa complejización, esa intensificación, el conocimiento de la dinámica específica que describe estos fenómenos, en particular en los términos más humanos posibles (instintos, pero sobre todo emociones y sentimientos, así como espiritualidad y pensamiento), y la vivencia de esta dinámica de la forma más profunda posible son las búsquedas más dignas de interés de la vida humana.

En cuanto a la « vida dialéctica » que menciono en el subtítulo del texto, es una especificación de lo que supone vivir esta dinámica.