En el principio era el Sol Lejano, que, como toda estrella, es un equilibrio entre la Primera Potencia, producto de la Alegría Primordial, o Alegría Suprema —parte del Ser—, y el Primer Vínculo, o Primera Fagocitadora, según las circunstancias, producto de la Tristeza Primordial, o Declive Primordial —nacido del no-sentir y la inconsciencia absolutos del Ser que tiene miedo y sufre la pesadilla y el vértigo de su aniquilación—. Esta Primera Potencia se llama Luz; ella es la Multicolor, o la Blanca, y a veces la Amarilla; y este Primer Vínculo se llama Gravedad; ella es la Negra. En el seno de este equilibrio nació la Primera Fragua, en el corazón del Sol Lejano, pues Gravedad obraba, lenta pero firmemente, y, al doblegar a Luz dentro del Sol Lejano, despertaba al Forjador. Los hijos de Luz eran los Fotones, y los hijos de Gravedad, los Gravitones. Al principio, Luz se creía sola; no sentía a Gravedad, e incluso cuando comenzó a percibir vagamente su presencia, a tomar conciencia de ella, pensaba inconscientemente que siempre vencería a Gravedad. Así, los Fotones crecían y se multiplicaban, una y otra vez, incansablemente, y al hacerlo alimentaban a los Gravitones con un deseo inconsciente, pues Gravedad se nutre de todo, de modo que es el receptáculo final de todo deseo, por inconsciente que este sea. Por ello, Luz y sus Fotones no podían dejar de hincharse, pues tal era su naturaleza, y así el alimento para Gravedad era cada vez mayor. Cuando este primer deseo, que era un primer ardor, el de los Fotones del Sol Lejano, quedó colmado de sí mismo en todo el volumen del Sol Lejano, murió bajo los Gravitones. Esta implosión desembocó en un rebote seguido de una explosión apoteósica, que liberó de la Primera Fragua a los hijos nacidos de estas luchas y uniones, entre el júbilo y la conciencia cósmicos de que estos hijos, expulsados así triunfalmente, magnificarían en el futuro la naturaleza de aquellos amores tan abstractos. Y el Sol Lejano no era el único lugar donde se producían semejantes luchas y uniones en la inmensidad del vacío, pero mi gratitud y mis alabanzas deben inclinarse y posarse sobre aquellos de quienes procedemos.

Como decíamos, esta primera apoteosis disparó como balas a los hijos de las dos amantes luchadoras, Luz y Gravedad, y del despertar conjunto de ambas, el Forjador. El frío, mientras tanto, no dejaba de crecer en la inmensidad del abismo. Y Gravedad nunca dormía profundamente; a lo sumo, hibernaba. Así, una alegría tímida, la del polvo de estrellas del desaparecido Sol Lejano, acabó por despertarla, y nuestro Primer Vínculo retomó el camino de su obra. De ahí, poco a poco, nació nuestra Madre Tierra, la Morena, al unirse con un Nuevo Sol, el nuestro, que sabía guardar las distancias y la calentaba desde lejos.

Poco a poco, sobre nuestra Tierra calentada por esta nueva Luz, pudo formarse el Primer Alimento Universal, mimado por la Tierra de un lado y por nuestro Sol del otro: había nacido el Agua, la Azul. Siempre sucede así: entre estrella y roca, entre esos dos deseos formados que se unen el uno al otro con respeto, puede nacer el Agua.

Sin embargo, el deseo ardiente de nuestro Sol no dejaba de crecer y, desde su morada, despertó tanto a la Azul como a la Morena, cuyos deseos también se habían formado. De esa tensión entre la Madre y el Padre, de esa alegría poco móvil y, por tanto, tan extraña para nosotros, nació la Planta, la Verde, la que no elige, la que pertenece a la Madre y al Padre a un mismo tiempo.

En la Tierra se encontraba el terreno de juego del Agua, de la Verde y de los hijos primordiales de Gravedad y Luz que habían permanecido en la superficie. La Verde, sin embargo, sufría por su doble apego. De aquel juego, que es una suerte de alegría, de aquel sufrimiento y del ardor redoblado del Padre nació la Potencia Segunda, la que nos representa, hijos míos: la Vida Libre, llamada también la Roja, la Sangre o Ardor Líquido, tras muchos conatos de esa libertad de los que algún día les hablaré. El Ardor Líquido no tiene freno, pero posee forma. Es así como nutre la sustancia y la forma de nuestro linaje vital, el Animal. Con el Ardor Líquido nació también la Primera Devoradora Universal, Mrtyu, la Muerte-Hambre, que, una vez saciada, despierta la Alegría Segunda, la Alegría Libre, la del Ardor Líquido, esa Potencia Segunda; solo entonces hace esta última honor a su nombre, pues se convierte en la Progenitora y la Engendradora, que son también la Productora y la Constructora, respectivamente. Mrtyu no tiene piedad, hijos míos: se alimenta de todas las alegrías que nos precedieron en la Tierra y amenaza con agotarlas todas cuando la Alegría Libre deja de animar la Sangre.

Así comenzó la historia de nuestro linaje vital, hace muchísimo tiempo, mucho antes de las innumerables transformutaciones que condujeron hasta aquel que es a la vez nuestro antepasado y nuestro presente: Anthropos, nosotros mismos. En cuanto a las demás Vidas Libres que son nuestras compañeras de viaje en nuestra Tierra, los otros animales, su ardor está limitado por su mente. En efecto, en nuestra Tierra, la mente acabó por conducir el ardor, para bien y para mal. Cuando la alegría anima la mente, hijos míos, es entonces cuando acontece lo mejor, pero para ello deben ser Comedores del Sol, Grandes Devoradores. Solo así se convertirán en Grandes Productores.


Epílogo: una crítica salutífera

Bueno, este texto tiene un aire bastante superfriki y, en efecto, está particularmente impregnado de los universos de los videojuegos Warcraft y StarCraft —aunque no tanto, en realidad—. Espero, pese a todo, que el lector sea sensible a la profundidad que intenta expresar, científica por un lado, sentimental por otro y también metafísica —en un sentido no religioso—. Hay asimismo elementos espirituales en el sentido religioso, pero, en mi caso, no son más que subproductos de los anteriores y se encuentran bajo su égida, pues conozco demasiado bien los peligros de confundir ciencia y creencia, así como los del fanatismo religioso —tanto belicoso como desde el punto de vista del saber—, que vuelven nauseabunda mi época, como, por lo demás, han hecho con todas las épocas.

Segundo epílogo: una nueva fuente de inspiración para mí

Además de la ciencia y de la mitología griega, en particular con las diferentes generaciones de dioses, la inspiración nueva y, en realidad, primera de este texto desde un punto de vista estilístico es la que suele figurar como la primera de las Upanishad mayores —pues es la primera desde el punto de vista del sentido y de la « lógica » de las Upanishad—, a saber, la Brihadaranyaka Upanishad. Mrtyu, la Muerte-Hambre, es una deidad o principio cosmológico y antropológico que aparece en esta Upanishad y que ha resonado en mí como pocos principios lo han hecho jamás. Volvamos al estilo del que hablo y definámoslo: es un estilo enteramente regido por intuiciones metafísico-antropológicas diversas y variadas, pero hasta tal punto que todo lo demás se resiente, en particular la lógica. Dicho esto, esas intuiciones son tan poderosas y potencialmente transformutadoras que merece la pena dejar que destruyan la lógica en nuestro interior durante un tiempo, a fin de permitirnos acceder a las sensaciones fisiológicas, emocionales, sentimentales y cognitivas que se supone que deben activar, pues, para mí, estas constituyen una vía de acceso privilegiada a la sabiduría vital que busco.