Empiezo a percibir cada vez con mayor claridad la diferencia radical que existe entre el apetito sexual y el deseo —sexual o de otra índole, por ahora—. Ingenuamente, la diferencia es sencilla: el apetito quiere tomar, e incluso consumir, mientras que el deseo quiere dar, honrar al otro, hacerle partícipe de nuestro reconocimiento, dirigirle nuestras alabanzas.
La cuestión de si este deseo espera algo a cambio de lo que da es delicada. Depende del tipo de deseo, del tipo de don. Pero, en última instancia, sin duda solo Dios no exige ninguna contrapartida —no digo « un dios », sino « Dios »—. Esto es, pues, lo que debemos estudiar: aquí es donde el deseo no es puro don, puesto que desea recibir, y quizá incluso tomar, a cambio de lo que da. He dicho « quizá » porque cabe imaginar que sí, que este deseo desea recibir algo a cambio, pero nada en particular, pues desea que provenga del ser del otro, casi sin relación con lo que le fue dado, dado que el ser del otro posee una riqueza y una complejidad infinitas que solo podemos honrar recibiendo adecuadamente cualquier cosa que quisiera darnos por deseo.
Lo reformulo: es posible que el mejor deseo humano posible, el deseo más puro, sea aquel que, en efecto, espera algo a cambio, pero no plantea ninguna exigencia respecto a la naturaleza de ese algo; simplemente espera, a cambio, otro deseo dirigido hacia él, sea cual sea. Lo único que importa es que ese algo se acerque cuanto sea posible al deseo puro por parte del otro, es decir, a aquello que no exige nada, que solamente espera (perspectiva « femenina »; para un hombre, sería su Yin, su ánima* —y no lo que llamo su organima, que no espera—), aunque tampoco espera nada en particular; simplemente espera ser objeto de deseo. El mejor deseo humano es aquel que desea ser objeto de deseo (a falta de poder no esperar absolutamente nada, dado que no es Dios).
No obstante, en el futuro no podremos eludir el estudio de las relaciones entre el apetito sexual y el deseo. No estoy seguro de que el hombre pueda ser un ser de deseo puro, sin apetito sexual, pues la experiencia me muestra que el apetito sexual puede nacer en mí; pero desconfío de él cuando no viene acompañado de deseo alguno hacia la mujer que despierta ese apetito en mí.
Necesito aclarar mi léxico, hacerlo perfectamente coherente, si quiero avanzar en este tema. También hay que incluir el placer en la ecuación. Se encuentra claramente más, si no por completo, del lado del consumo (además, está asociado al rojo, pero a un rojo consumidor), mientras que el deseo se encuentra del lado de la producción (y está asociado al amarillo).
Desde mi perspectiva del paso del ser más sano posible (la alegría) a la potencia, a través del deseo y del amor (aunque, en lo que respecta al amor, esto no depende únicamente de nosotros), se trata de un paso del amarillo al rojo. El presente texto me sugiere estudiar un paso parcialmente inverso, el único que permitirá acceder a la potencia: pasar del placer (del rojo consumidor), impotente, al deseo (el amarillo), que tiende naturalmente hacia la potencia, y después al amor (un rojo productor), si las circunstancias lo permiten; y es en ese lugar del amor donde la potencia será máxima. Toda guerra, si no está legitimada por el amor más generalizado posible, es ilegítima. Remito a los trabajos de Helen Frowe sobre la ética de la guerra y de la paz.
Remito también a un vídeo corto de Stiegler —que tendría que volver a encontrar— en el que pronuncia una o dos frases sobre esta cuestión del apetito y del consumo frente al don y al cuidado, quizá incluso sobre el deseo.
Pablo Arnault
*En última instancia, una mujer nunca podrá obligar a un hombre a mantener una relación sexual con ella mediante medios exclusivamente físicos que fuercen al cuerpo a mantenerla si la voluntad de ese hombre se opone. Por desgracia, lo contrario es falso. Es en el sentido de la primera frase en el que asocio la espera a la perspectiva femenina. Evidentemente, si el hombre, por su parte, tampoco espera el consentimiento femenino respecto al acto sexual, se trata de un crimen, y de ello se sigue lo peor, desde todos los puntos de vista, para la mujer por supuesto, y también para sus hijos. Pero, desde un punto de vista puramente físico y orgánico, la espera caracteriza mucho menos al hombre que a la mujer. Esta es la raíz orgánica del Yin y el Yang.
PD: En lo que respecta al placer, es el juez definitivo del carácter bueno o malo de aquello que el apetito creyó bueno o malo.